Cargando contenidos…
{"ads":[],"mobile_ads":"Y"}

Music for one apartment and six drummers

Director: Ola Simonsson y Johannes Nilsson | Año: 2001 | Nacionalidad: Suecia

Un concierto que persigue la musicalidad allá donde, a priori, no se encuentra: el sonido de una cafetera, el chasquido de una puerta, el relincho de un caballo… conformando con todo ello una especie de sinfonía urbana.

Advertencia preliminar: el cortometraje que sigue debe ser visto, y escuchado, como si estuviéramos en un auditorio. Guarden, por tanto, un silencio respetuoso.

Con ustedes, Music for one apartment and six drummers.

Cuando se estrenó este cortometraje, todo el mundo habló de un planteamiento original. Cuando, a lo largo de la última década, se estrenaron otros cortos que seguían idéntico planteamiento, todos volvieron a hablar de originalidad. Como si siempre fuera la primera vez.

Y, sin embargo, la idea que vertebra Music es tan antigua como el cine sonoro. Podríamos hablar de las Silly Symphonies y otros cortos de Disney, pero en este caso preferimos ceñirnos a la imagen real. Permítannos presentarles la escena inaugural de un musical inmarchitable, Love me tonight, realizado en 1932 por el maestro Rouben Mamoulian.

En el preludio, Mamoulian jugueteaba con los sonidos cotidianos para ilustrar el despertar de París, y transmitir, con ello, el ritmo vital de toda una comunidad, rendida a los pies del risueño Maurice Chevalier.

Después vinieron incontables cortos de animación que emplearon un procedimiento similar, sin mencionar algunas escenas cumbre del cine musical americano… Y así hasta Music for one apartment and six drummers, el cual, ya se ha visto, no destaca por la novedad de su idea, sino por su brillantez a la hora de llevarla a cabo. Hablemos, pues, de sus logros.

Para empezar, el sano espíritu del corto: una invocación al placer y la anarquía, a la rebelión, o más propiamente, la subversión de nuestra vida diaria a través de la transformación de los usos cotidianos.

En segundo lugar, el acierto de dotar a las acciones de un carácter ceremonioso, que confiere a las intervenciones del grupo, más propias de una madrugada en el Sónar, toda la solemnidad que corresponde a un concierto para piano y sexteto de cuerda.

Aquí nadie se hace el gracioso más de lo debido: los miembros del grupo actúan, ante todo, con severa profesionalidad, y esa gravedad tonal es la que, paradójicamente, lo vuelve chispeante. Si los directores hubieran adoptado un tono más bufo, más cachondo, probablemente el corto hubiera perdido buena parte de su gracia.

Pero lo que definitivamente nos acaba engatusando es su riqueza rítmica. No nos referimos sólo a la asombrosa interpretación del sexteto, sino también a la labor de sus directores, ya que el concierto está, en líneas generales, brillantemente concebido en imágenes. Veamos:

Nada de música en los créditos. Como en un concierto sinfónico, el corto se inicia en silencio, destinado a crear expectativa. De hecho, mientras el grupo espera en la furgoneta a que salgan los dueños del apartamento, la chica tamborilea los dedos sobre el volante. Es un gesto de impaciencia, pero, en esta ocasión, también es la imagen de un músico afinando su instrumento.

Music for one apartment and six drummers

El concierto que sigue se desarrolla en cuatro movimientos, igual que una sinfonía. El orden de los mismos parece previamente meditado, así como su plasmación visual.

La primera pieza, desarrollada en la cocina, es la más sobria. Al ser la escena introductoria no necesita aún de grandes demostraciones de virtuosismo. Lo que nos llama la atención es el hecho del concierto en sí, expuesto con un montaje adecuado, que destaca el detalle pero que evita ser excesivamente fragmentado, manteniendo un acertado equilibrio entre planos de conjunto y planos cortos.

La segunda pieza, dormitorio. Se acabó la sorpresa. Ahora, para elevar el interés, los directores se centran en una planificación más estilizada, más sensual, y multiplican el ingenio de los gadgets, algunos tan geniales como el encendido y apagado de la lámpara o el frotar de la alfombra con las zapatillas.

La tercera pieza, cuarto de baño, es, tal vez, la más débil. Los gadgets son escasos, y el espacio para rodar demasiado reducido. La pieza se agota pronto, como si los directores quisieran pasar cuanto antes de esta escena para entregarse a la apoteosis final.

La cuarta pieza, salón, necesitaba un claro crescendo respecto a las anteriores. Así que Nilsson, Simonsson y los Six Drummers echan el resto y despliegan toda su imaginación, introducen elementos propios de DJ traducidos a lenguaje audiovisual (el delicioso scratch del pasodoble, el juego con el volumen del televisor) y ofrecen gags desopilantes (el aspirador, el muñequito de goma). Todo ello con un montaje más percutante que antes, pero muy bien medido.

Los créditos finales se suceden sin música alguna. Ahora, el único sonido posible son los aplausos del público a la orquesta.

La descendencia de Music for one apartment and six drummers ha sido copiosa y abundante. Comenzando por sus propios artífices, que en 2010 presentaron una nueva versión ¡en largometraje!: Sound of noise, estrenado en la Semana de la Crítica de Cannes. Nos tememos que la idea resulte difícil de mantener en formato largo, pero eso no obsta para que la película ofrezca escenas como esta:

Claro que las buenas ideas, cuando se sobreexplotan, pueden convertirse en un pálido remedo de su ilustre origen. Este año pasado, los Six Drummers, siempre de la mano de Simonsson y Nilsson, han perpetrado un nuevo corto en la misma línea, Music for one X-mas and six drummers. Lo mismo de siempre pero con menos garra, esta vez con tema navideño, como si los Six Drummers se hubieran convertido en unos habituales de los especiales Nochevieja de su país.

Pero eso no reduce en lo más mínimo la larga estela dejada por este corto-concierto. Así que no queremos despedirnos sin citar, al menos, dos estupendos trabajos alemanes: Nogo, de Thomas Stalmeisser y Christoph Stampler, que centra su efecto armónico en los pequeños detalles, como un sacapuntas en acción o el abrir y cerrar de una cremallera; y el delicioso Fall studien 2, de Gabriel Pielke, que interpreta el cancán de Jacques Offenbach ¡con cristales cayendo!.

All comments (0)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Theme developed by TouchSize - Premium WordPress Themes and Websites
X