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Saw

Director: James Wan | Año: 2003 | Nacionalidad: Australia

En la última década se ha impuesto una cierta tendencia que concibe los cortometrajes como tarjetas de visita, fragmentos vistosos y espectaculares de una película mayor, que sólo verá la luz si esta tarjeta causa conmoción en los despachos de las ‘majors’, hasta el punto de que sus ejecutivos decidan producir el largometraje que supone la prolongación natural del corto.

Los géneros más socorridos son, en estos casos, la ciencia-ficción y el terror, y a ellos pertenecen los ejemplos más paradigmáticos de los últimos años: 9 (2005) de Shane Acker, Alive in Joburg (2006) de Neil Blomkamp, o Mamá (2008) de Andrés Muschietti. Piezas diseñadas de principio a fin para llamar la atención a cualquier precio, a partir de propuestas de gran fuerza visual. Eso sí, independientemente del mayor o menor valor de los largos resultantes, los cortos originarios tienen sus pros y sus contras: muestran la pericia visual y la solvencia industrial de sus artífices, pero también suelen estar demasiado acartonados a causa de esa necesidad de impacto. Aunque quedan muy bien en las inauguraciones oficiales de festivales.

Pero este tipo de prácticas no son nuevas en absoluto. Sin ir más lejos, hace ya bastantes años que dos australianos, James Wan (de origen malayo) y Leigh Whannell pusieron en marcha una de estas tarjetas de visita, de las más brillantes que se recuerdan. La visión de Saw corto desvela que Wan y Whannell no se inventaron absolutamente nada en su famoso largometraje de 2004. Ya estaba todo en el corto: los créditos a lo Se7en; las pruebas de supervivencia extrema; los solares desvencijados; el muñeco de ventriloquía que habla desde un escenario ominoso, presidido por una figura femenina que inspira pavor; los planos cortos, los movimientos acelerados, el montaje espasmódico… incluso el mismo artefacto, una trampa de osos de consecuencias letales.

Saw

Saw (2004), largometraje de James Wan

Resulta un tanto difícil valorar Saw corto cuando todo lo que en él aparece ha sido explotado hasta la saciedad, pero al menos se pueden apuntar algunas cosas. Entre lo más discutible figura su fotografía, con virados azules y verdes pantano francamente horribles; un protagonista, el propio Whannell, que no está a la altura de las circunstancias (tampoco lo estaba en el largo); y una multitud de referencias a clásicos del terror que llega a resultar un poco excesiva, sobre todo cuando el desfile de sangrientas tropelías se acompaña… ¡con una tormenta!.

Pero, al mismo tiempo, Wan no se pierde en esa multitud de referencias, pues todas ellas están unificadas a través de un novedoso (en su momento) tono hiperrealista. Además, es cierto que el montaje es efectista, pero es un efectismo muy bien calculado. Y se nota que el director australiano-malayo sabe crear una atmósfera poderosa con escasos elementos. No es de extrañar que, una vez que Wan ya no tuvo necesidad de epatar, saliera a relucir un clasicismo virtuoso que ya se adivinaba entre las imágenes de Saw, y que acabó eclosionando en las soberbias Insidious (2010) y The Conjuring (2013).

Pero lo más importante: Saw corto es mejor que Saw largo. Este último era un relato bien urdido y con momentos muy bien filmados, pero se resentía de una vulgar trama de ‘thriller’ paralelo, y su simpático ‘whodunit’ desembocaba en un final un tanto ridículo. Pues bien, el corto es un destilado de lo mejor de Saw: terror puro, bruto y primitivo. No hay rodeos, ni explicación alguna. Lo único que importa es la supervivencia, descubrir lo importante que es estar vivo.

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