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The Grandmother

Director: David Lynch | Año: 1970 | Nacionalidad: EEUU

Si entendemos Cabeza borradora (Eraserhead, 1977) como una meditación íntima y juvenil sobre los terrores que pueden engendrar las relaciones sexuales y algunas de sus posibles consecuencias, como la procreación y la paternidad, también podríamos entender The Grandmother (1970) como una versión íntima e infantil sobre los terrores a los que pueden conducir el aislamiento y la sensibilidad exacerbada. En cierto sentido, ambas tienen que ver con la idea de la América de las pequeñas comunidades de los años cincuenta, especialmente bajo la presidencia de Ike Eisenhower, y con la sensación de que bajo la aparente placidez o serenidad de toda imagen siempre se mueve algo dramático o viscoso (algo difícil de percibir en las ilustraciones de Norman Rockwell pero no tanto en los cuadros de Edward Hopper, un pintor figurativo y realista con la misma capacidad de ciertos pintores surrealistas para utilizar escenarios familiares y provocar una extraña perturbación en ellos sin necesidad de deformarlos). Ambas, no obstante, se presentan despojadas de cualquier tipo de comentario social, convertidas más bien en fábulas siniestras que en más de un sentido hacen pensar en La noche del cazador (Night of the Hunter, 1955), de Charles Laughton.

Grandmother

Creo que a estas alturas ya estamos acostumbrados a que David Lynch nos sorprenda, por mucho que sea un artista obsesivo cuyo universo gira siempre sobre los mismos temas: la fragilidad, la noche, el sexo, los interiores asfixiantes, el miedo… Aunque películas como El hombre elefante (The elephant man, 1980) o Una historia verdadera (The Straight Story, 1998) pareciesen capitular ante las demandas del público, el cineasta norteamericano no ha dejado jamás de mantenerse fiel a sí mismo. De modo que ante su obra, como ante el arte en general, no podemos tener una actitud conservadora, porque sólo podría conducirnos al rechazo, a exigir rutina allí donde tenemos que exigir precisamente lo contrario. Vaya por delante, a quienes busquen un producto fácil de digerir, les sugiero que, en lugar de The Grandmother, vean alguno de los estrenos más recientes, como la última propuesta dirigida por Robert Redford o George Clooney, donde se ofrece una visión tan compleja del mundo que cualquiera puede entenderla.

Sin necesidad de agotar el argumento de The Grandmother, podría decirse que la historia comienza así:

Una pareja (Virgina Maitland y Robert Chadwick) que brota de varias semillas y que aparece en mitad de un bosque, con un aspecto más animal que humano (y que se comunica por gruñidos parecidos a los de un perro), planta a su vez una semilla de la que brota un niño (Richard White) vestido con traje y corbata. De un esquema animado que sugiere cierta cercanía entre el proceso de gestación de un ser humano y el proceso de germinación de una planta, pasamos a varias tomas en blanco y negro que sugieren el origen de una familia y acaso el origen de las imágenes, y de ahí entramos en un universo doméstico en color donde las relaciones entre unos padres y su hijo son cualquier cosa menos armónicas, incapaces unos y otros de comunicarse a través de algo que no sea la violencia. Al cabo de unos días, el niño ve cómo en su cama comienza a brotar una figura grotesca y abstracta de la que finalmente aparece una mujer mayor (Dorothy McGinnis), que acaba convertida en la abuela que da título a esta película…

Grandmother

El rodaje de The Grandmother duró mucho más tiempo que los anteriores cortometrajes de Lynch (Six Figures Getting Sick, de 1966, y The Alphabet, de 1968) porque desde el comienzo no hubo un plan previo, tan sólo la necesidad de articular cinematográficamente el universo al que hasta entonces había intentado a través de la pintura y los miedos que comenzaron a engendrar sus cambios de residencia, primero a Filadelfia para estudiar en el Academy of Fine Arts y luego a Europa para completar su acercamiento a la obra de Oskar Kokoschka. A medida que David Lynch tenía una idea, la incorporaba a la película. No tuvo prisa en ningún momento; quería trabajar sin presiones industriales. Incluso un guión acabado le habría resultado una barrera. Eso explica que no hubiese un presupuesto inicial y ni tan siquiera una idea sobre el tiempo que tardaría en terminar la película o si algún día lo conseguiría. Fue una especie de autoexilio voluntario, para así conseguir la independencia que el cine comercial prohíbe. Una actitud que Lynch ha mantenido firme a lo largo de su carrera, incluso cuando realizó películas con presupuestos abultados, cercanos a lo que podría considerarse cine comercial.

Sabemos que a David Lynch le gusta hacer que sus personajes sean proteicos y que se multipliquen, cambien o se metamorfoseen; lo que seguimos sin saber es con qué fin. ¿Para recordarnos que el cine es un ejercicio muy parecido al transformismo, en el que uno deja de ser lo que es sólo a medias y se convierte en otro sólo a medias? Si es así, ¿qué sucede cuando uno ya no puede recuperar su yo por completo ni siquiera al acabar una película?

The Grandmother anticipa, de algún modo, el disgusto de Lynch hacia el mundo industrial, con su suciedad visual pero especialmente acústica, y sus temores con respecto al sexo, engendrados por su temprana paternidad, que desembocarían en una de las obras más bellas y perturbadoras de la historia del cine: Cabeza borradora, de la cual esta película podría considerarse un genial esbozo.

 

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