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Xiao cheng er yue / A gentle night

Qiu Yang | 2017 | China

Por Alexander Zárate

¿Qué hay de apacible en la posibilidad de la pérdida? ¿Qué hay de apacible en la angustia de la incertidumbre y tortuosidad del remordimiento? Una apacible noche es la traducción de A gentle night / Xiao cheng er yue (2017) de Qiu Yang, ganadora de la Palma de Oro al mejor cortometraje en la última edición del Festival de Cannes. Sus planos fijos, dilatados, parecen desprovistos de centro, como si se les hubiera extirpado la vida, como si faltara un componente fundamental para que se constituyera en encuadre. Una madre y un padre denuncian en una comisaria la desaparición de su hija. Los encuadres respiran, o más bien boquean, distancia, falta. No sólo es que les faltara el contraplano que se busca, la hija de trece años perdida, sino que se hubiera abierto un boquete en el mismo encuadre que, a su vez, asemeja a una celda, como si quedaran prisioneros de la desesperación y de la incomprensión. Los planos se dilatan como una cuerda que magulla las manos porque no se puede acelerar el tiempo que resolviera la angustia. La realidad ha sido interceptada, tapiada. El trámite es una distancia que no tiene que ver con lo que sangra en las miradas, en concreto en la huidiza, pero palpitante como una brasa, de la madre. Aunque su mirada clame al policía que por qué su desaparición tiene que corresponderse con una huida.

Es la noche que celebra el cumpleaños de Buda, casi como si celebrara el paso de un año a otro. Y es una noche para ambos que parece haber tapiado su vida, en especial, para la madre. En su mirada baja, en su nuca, y en las palabras que arroja su marido, se retuercen los remordimientos, la raíz de esa desaparición, una discusión entre madre e hija, quizá una más de las múltiples colisiones entre una y otra, que esta vez, quizá como una puerta que se cierra, concluyó con un golpe. Por eso, el fuera de campo, como ya queda manifiesto en el primer plano, y no será el único, es una mancha negra, una puerta interpuesta en el lateral del mismo encuadre, como una respuesta que ha huido, dejando la sombra de su protesta, o una ausencia que quizá ya estará relacionada con el sonido de una sirena de ambulancia o de policía que se escuche en la distancia..

Los encuadres parecen eslabones de una cadena que estrangulan las emociones como unos grilletes. Como los remordimientos de una madre a la que cuesta alzar la mirada, ese pesar que se enfoca, como el tuétano desnudo, en el travelling que la aísla, sin las figuras ya, como difuso contorno, de su marido y el policía que les interrogaba. La madre no puede simplemente esperar en un hogar que ya no lo es sino sombras que la expulsan como la onda expansiva de una explosión. Un encuadre se mantiene fijo sobre una fachada, múltiples pequeños encuadres que son las diversas vidas que quizá no difieran demasiado, quizá sólo en que aún no han padecido una explosión que revienta como un año nuevo que desgarra máscaras e inconsistencias en el seno de lo que no es una familia sino que lo parece. La madre grita al profesor de su hija pero es una súplica, como si su ayuda pudiera resolver lo que se extiende como un reguero de remordimientos que arde como pólvora en sus entrañas. Los rostros de los vecinos asoman desde su distancia, desde las otras puertas o ventanas, o desde la calle, espectadores de un drama, una distancia que no comparten, porque no es la suya, es una explosión ajena que por unos segundos contemplan como la intrusión de una explosiva ficción en la rutina de su vida, como la pirotecnia que resuena por la celebración del Año nuevo.

La madre busca, corre, intenta cerciorarse de si un cuerpo encontrado es el de su hija. Distancias que no parecen poder superarse, da igual si se encuentra o no su cuerpo, si está viva o muerta. Distancias, como las gélidas maneras de quien realiza un trámite, caso también, como un círculo de que encajona, del médico en la morgue que le hace una serie de preguntas antes de intentar comprobar si han encontrado o no el cadáver de su hija. Distancias, como esa cortina de plástico, interpuesta en el último encuadre, que parece apresarla como la cautiva de una pesadumbre que sabe que abrió una brecha que quizá no haya manera de que se cauterice. No hay nada apacible en esta noche, aunque quizá tanto esfuerzo por mantener las apariencias apacibles, esas que sonríen con la conveniencia de la imagen social, de los protocolos y los trámites, abrió esas brechas que se tornaron heridas que no habrá manera de cerrar esté la hija viva o muerta.

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