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Zang-e Tafrih

Director: Abbas Kiarostami | Año: 1972 | Nacionalidad: Irán

No es cuestión reivindicar a estas alturas a Abbas Kiarostami. Su obra y su influencia en el cine de los últimos treinta años se reivindican solas, hasta el punto de ser uno de esos autores cuyas imágenes son claramente identificables y reconocibles por casi todos los espectadores que alguna vez se han asomado a sus películas. Quedan para siempre en el recuerdo la atronadora sensibilidad de El sabor de las cerezas, la incólume belleza de la Binoche en Copia certificada, el laberinto de azoteas, callejuelas y pasarelas del pueblo de El viento nos llevará y, por supuesto, el plano final de A través de los olivos.

Kiarostami ha sido también un gran amante del cortometraje, formato que cultivó no sólo en sus inicios como cineasta, sino que nunca abandonó a lo largo de su carrera, entreverando su filmografía de piezas cortas, cuando no componiendo largometrajes que se articulaban como suma de historias breves y notas filmadas, como fueron Ten to 10 o Five (dedicated to Ozu). Rescatamos hoy aquí, con motivo de su fallecimiento, una de esas primeras obras, fruto de su estancia entre finales de los sesenta y los primeros años setenta en el Kanun, el Centro para el Desarrollo Intelectual de Niños y Jóvenes de Teherán. Allí coordinó el departamento cinematográfico, y donde no sólo empezó a perfilar su estilo, sino que comenzó a fijar su atención en el universo infantil, una lugar que se convertiría en común a lo largo de su trayectoria. En estos cortos, Kiarostami pretende crear pequeñas historias con finalidad educativa, sencillos cuentos o fábulas que procuran trascender lo cotidiano para alcanzar valores más elevados. Sin embargo, el iraní no se conforma con la funcionalidad y no reprime su sentimiento poético, que se propaga por cada uno de estos ejercicios trascendiendo su propósito inicial.

Zang-e Tafrih

Zang-e Tafrih es el segundo cortometraje de Kiarostami después de Nan va Koutcheh (Irán, 1970), un corto este éste último si cabe más conciso y concreto que el que aquí nos ocupa. Zang-e Tafrih resulta sin embargo más evocador y más cercano al estilo que Kiarostami vendría a desarrollar en el futuro, estilo que aquí se presenta más rudimentario y en forma seminal. Deudor de un montaje más enérgico y evidente, también nos muestra a un cineasta muy dinámico que confía a la planificación todo el peso de la narración y comienza a prescindir de la historia como hilo conductor de la experiencia, optando más por abrir la imaginación del espectador a la sugerencia y a la interpretación de las imágenes, que por desarrollo de una trama compleja.

Zang-e Tafrih, de hecho, apenas tiene argumento y se concentra más en la elaboración de un retrato y de una atmósfera. Nos presenta a Dara, un niño que espera en el pasillo del colegio el castigo por haber roto un cristal jugando con una pelota. Después, de camino a casa, ve a otros niños jugando al fútbol en la calle y no puede evitar querer participar. Pero todo sale mal y acaba siendo perseguido por otro niño, y como consecuencia se pierde en la ciudad y busca entre el tráfico, las alambradas y las calles el camino a casa. Eso es todo lo que muestra Zang-e Tafrih. Bueno, casi. Lo que vemos es ya a un cineasta buscando un camino propio. Una mirada atenta, comprometida con la realidad más inmediata, que no se conforma con los mecanismos habituales de la ficción, sino que confía en otros medios para alcanzar lo sublime. Un cineasta heredero del neorrealismo, de Rossellini, de los clásicos japoneses, de la nouvelle vague, pero que también aspira a ser moderno, de su tiempo.

Puede que Zang-e Tafrih no sea la obra más rotunda de Kiarostami, ni por la que pasará a la historia del cine. Pero sí encontramos en ella las primeras huellas del maestro: su predilección por el primer plano como vehículo hacia el interior del personaje, su terrenalidad material, su afición al mundo de la infancia, su defensa de la inocencia perdida, su gusto por los laberintos de la vida (físicos y mentales), la nostalgia por un futuro que pudo haber sido y no fue. Por otro lado, el plano final de Zang-e Tafrih, con el joven Dara perdiéndose en el horizonte urbano de la ciudad, no sólo evoca ya otros poderosos finales que habrían de venir en su obra posterior, sino que se reivindica como digno de estar entre ellos. Y me parece también una hermosa despedida.

 

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