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A conserveira

Era una deuda pendiente que tenía desde su estreno en Alcine, el hacer una crítica al último cortometraje hasta la fecha del catalán David Batlle (su primer corto es el muy recomendable Mapas migrantes, 2009). Una deuda que el Premio Master IPECC al Mejor Cortometraje Documental de producción española de Documentamadrid 2013 (ver también al respecto nuestra Distancia Corta) da oportunidad de saldar la cuenta al poner de nuevo de actualidad este trabajo.

La premisa es clara y meridiana: asistir a una jornada de trabajo en una conserveira gallega donde las técnicas tradicionales conviven con la producción industrial, siguiendo el ritmo de sus movimientos y la variedad de sus tareas. Pero quien espere el subrayado asombro de Así se hace, no lo va a encontrar, aunque la información que busque allí también la puede extraer de A conserveira. Y también mucho más. La diferencia estriba, sobre todo, en que este corto incita a preguntarnos qué nos hacen pensar las imágenes, más que descubrirnos cómo aparecen las latas en el súper. Pero no se engañen. Tampoco estamos ante un corto poético (si es que alguno no lo es). Este es prosaico, prosaico. ¿O hay algo más prosaico que una descripción desprejuiciada, desafectada, concisa y directa?

A conserveira

A conserveira opta por el estatismo y la frontalidad para desarrollar luego una gran labor de montaje. La cámara fija, las tomas dilatadas, centran la atención en el ritmo vertiginoso que hay dentro del plano. Porque que la cámara no se mueva, no quiere decir que este sea un corto quieto. La frontalidad abre el punto de fuga en busca de tridimensionalidad y de objetividad, adoptando el punto de vista de un observador invisible pegado a la pared del fondo. La dinámica del plano general y del plano secuencia se rompe sólo en contadas ocasiones, para reforzar una idea, o para darle un nuevo sentido.

Así, por ejemplo, el primer detalle nos enfrenta súbitamente a un cuadro muy cerrado (contrario a todos los vistos antes) de las manos de una operaria. El plano es fijo, pero la vertiginosa velocidad de las manos lo hace frenético. Para entonces hemos visto cómo el ritmo lento de los pescantes con bandejas de sardinas, sin haber acelerado la velocidad, habían dejado de parecer lentos, para marcar un ritmo continuo, extenuante. La concentración y la pericia han acompasado sus ritmos a los de las máquinas en un ballet silencioso. Claro que también es una imagen de la alienación, en cierto sentido.

A conserveira

La bocina que había puesto en marcha la máquina y llegamos al tiempo de descanso, el unico momento de socialización de las mujeres, sentadas en los largos bancos corridos de piedra, con la ciudad al fondo. Cerca, pero a la vez lejos.

La vuelta al trabajo cambia el acto. Las mujeres pasan a un segundo plano y la máquina gana protagonismo. La parte mecánica sucede a la manual. La artesanía se convierte poco a poco en producto. La cámara da unos pasos delante para retratar el proceso evolutivo de latas de recipientes de alimentos a estuches listos para destacar en el supermercado. Y una última parte. La ordenación de las cajas de pescado del próximo día y la limpieza de la fábrica, que dormirá hasta el amanecer siguiente.

La mirada austera que Batlle impone a A conserveira apela a nuestra imaginación para responder a las imágenes y la cadencia de los hechos que nos expone, invitándonos a pensar en las reacciones que nos provocan. Nos muestra un trabajo duro, física y mentalmente. Nos sugiere la dualidad de roles hombre/mujer en el mercado laboral. Contrapone la habilidad con la repetición. Habla de un mundo mecánico y deshumanizado, pero donde el componente humano es el motor que da sentido a los demás movimientos. Es rutinario y ordenado, pero también fruto de un esfuerzo colectivo. Como dije antes, la película no da respuestas, sólo te anima a hacerte preguntas.

British sounds

British sounds, de Jean-Luc Godard

En los tiempos que corren, la caza de la cita, la referencia o simplemente la asociación de imágenes, son inevitables. Aquí las hay, pero Batlle las maneja con sutileza para atenerse al rigor de lo que está contando. Por eso, las inevitables resonancias con Salida de los obreros de la fábrica Lumière (Auguste & Louis Lumière, 1895) o con Tiempos modernos (Charles Chaplin, 1936) son fugaces guiños que no distraen, aunque están ahí.

Por establecer un par de conexiones más con otros dos documentales con los que guarda relación (por no repetir su emparejamiento con Polaris), merece tender un puente hacia British sounds (Jean Luc Godard, 1969), donde en su inicio un largo travelling nos transporta por una cadena de montaje siguiendo la construcción de un coche. Sin embargo, A conserveira no se decanta por la rotunda militancia del Godard de la época, aunque sí conserva su cálido distanciamiento y su estilizada naturalidad y hieratismo.

Manufactured landscapes

Manufactured landscapes, de Jennifer Baichwal

Con Manufactured landscapes (Jennifer Baichwal, 2006) emparenta en una frontalidad que resalta la geometría, aunque sin el colosalismo simétrico y minimalista de Burtinski (fotógrafo protagonista del documental), y en el tratamiento colectivo de los trabajadores, entendidos no como individuos, sino como pequeñas piezas casi sinónimas integradas en una estructura. Aunque por supuesto, a nivel temático, no se inspira en la explotación laboral y los efectos ecoambientales de la producción industrial. Y no es sólo por una cuestión de escala. Puede que A conserveira no sea tan reivindicativo como los dos largometrajes mencionados, pero también tiene su reflexión política.

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