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Canis

Director: Marc Riba, Anna Solanas | Año: 2016 | Nacionalidad: España

Cualquiera que siga mínimamente de cerca el mundo del cortometraje español, ha visto o ha oído hablar de alguna obra del dúo catalán formado por Marc Riba y Anna Solanas. Ellos son, sin ninguna duda, los máximos representantes de la animación con muñecos de este país (con permiso de la plastilina de los valencianos Pablo Lloréns y Sam, claro está; todo queda en la franja mediterránea). Su reinado, llamémoslo así, comenzó en 2001, cuando procedentes de la célebre ESCAC hicieron su carta de presentación con El negre és el color dels déus. A partir de allí, la labor de Riba y Solanas ha fluctuado entre dos tendencias francamente reconocibles: los cortos de temática infantil, con La Lupe e in Bruno y Grand Prix a la cabeza, y los que podrían llamarse las pinturas negras del dúo: relatos sórdidos en un mundo abiertamente impío y bestializado.

Canis

Esta última tendencia, especialmente exitosa, dio su pistoletazo de salida en el 2006 con Violeta, la pescadora del mar negro, una obra realmente salvaje que cogió a todo el mundo desprevenido, y luego prosiguió con Cabaret Kadne y, muy especialmente, Les bessones del carrer de Ponent, trasposición de un olvidado episodio de la historia negra de Barcelona. Estas pinturas negras poseen una plástica poderosa y vehemente que tanto recuerda a Goya como al expresionismo pictórico o al Kammerspielfilm de G. W. Pabst. A la vez, su estilo trae a la memoria la inabarcable tradición de los grandes clásicos de la animación con muñecos, de Jirí Trnka a Yuri Norstein. Con estos mimbres, no era de extrañar que los trabajos de Riba y Solanas arrasaran con premios y reconocimientos allá por donde pasaban.

Canis es, por el momento, la última de las pinturas negras en estado puro (su última y espléndida pieza, Cavalls morts, podría definirse como un afortunado híbrido entre ambas tendencias). Pero lo que un día fue novedad hoy es casi tradición, y Canis fue, sí, bien recibida, pero se notó algo menos de entusiasmo que en ocasiones anteriores, como si al aficionado empezara a parecerle más de lo mismo. Puede que así sea pero, al menos para mí, Canis es el trabajo más logrado de Marc Riba y Anna Solanas junto con Cavalls morts.

Si tuviéramos que buscar algún punto ciego en los anteriores trabajos del dúo, ese sería, quizás, la fragilidad de su construcción narrativa. Frente a unas imágenes de poder indiscutible, las historias de estos cortos resultaban deliciosamente feroces, sí, pero a veces confusas, a veces dotadas de tramas sin especial tensión dramática, de tal modo que, en algunos momentos, la brillante estética restaba respiración a la historia que se contaba. Pues bien, Canis es un guión bastante bien articulado (Mejor Guion en Alcine, no lo olvidemos), y sus propuestas argumentales armonizan a la perfección con sus innegables logros plásticos.

Canis

Canis presenta un mundo rural desértico y posapocalíptico. No comida, no cosechas, no ganadería, no sociedad… Hay, si acaso, un vestigio de familia: un padre y un hijo que sobreviven comiendo pollos, que custodian estrechamente en una jaula situada en el patio de una casa ruinosa. Y, dentro de lo que cabe, también queda un cierto atisbo de moral, sobre todo en el hijo, protagonista del relato. Pero familia y moral no tardarán en morir despedazadas… Un mundo después de la ruina que se ve convenientemente plasmado a través de una estética de blanco y negro duro y contrastado, y un naturalismo absoluto en personajes y escenarios, cuyo mayor logro está en la reconocida capacidad de Riba y Solanas para los rostros, tensos, famélicos y macilentos, de ojos rajados y arrugas que parecen, más bien, surcos de tierra seca.

Luego están los perros. Perros sucios, hambrientos y furiosos, con ganas de entrar en la casa y llevarse lo que sea a los colmillos. Y aquí comienza un interesantísimo juego de contrastes entre hombre y perro, o más exactamente, entre los límites entre lo humano y lo animal, límites que, poco a poco, se van difuminando hasta desaparecer en su totalidad. Canis muestra el lento pero implacable proceso de bestialización del protagonista: el más elemental instinto de conservación acabará empujándole a confundirse con esos perros sucios y hambrientos que, al principio, le parecían tan lejanos a su propia naturaleza.

Pero los máximos logros de Canis vienen por parte de un personaje secundario que roba la película: la chica con media cara quemada y cubierta con una piel de perro, que se comporta como uno de ellos en todos los sentidos. Cuando la chica aparece, Canis se eleva como la espuma. Como en esa magnífica escena en la que la chica huele la entrepierna del chico y acaba copulando con él, como si este fuera un perro más. Lo mejor es que, detrás de la mujer, el perro doméstico del chico (que por supuesto, no durará doméstico mucho tiempo) muestra una clara disposición a apuntarse a la fiesta. Es sólo una pequeña muestra de esa ceremonia de la confusión entre humanos y animales que despliega Canis, un relato que, aunque se mueve en los dominios de la fantasía oscura, se siente más real y tangible de lo que pudiera parecer.

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