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William Wilson

Director: Jorge Dayas (1999) | Año: 1999 | Nacionalidad: España

Procedente de Orihuela pero afincado en Sevilla, Jorge Dayas ha desarrollado una trayectoria tan personal como ajena a modas, en la que ha desplegado su apego por los mitos, los clásicos y las atmósferas cargadas: el doble en William Wilson (1999), los mayas en Manipai (2003), Gaston Leroux en La dama en el umbral (2007), las guerras mundiales en Araan (2015). Todos ellos son trabajos de indudable mérito, pero en especial William Wilson, más de 15 años después, sigue brillando como un diamante en el desierto.

Contrariamente a lo que se suele pensar, Edgar Allan Poe es un autor escasamente narrativo. Sus relatos están más cerca de la prosa poética, de la creación de una atmósfera ominosa siempre expresada con las palabras idóneas, precisas, hasta el punto de que obras tan prodigiosas como Manuscrito hallado en una botella o Un descenso al Mäelstrom continúan orgullosamente intraducibles en imágenes. Poe es un autor muy adaptado, sí, pero casi siempre son los mismos relatos: Usher, La muerte roja, El péndulo… Aquellos que permiten al adaptador fantasear con total libertad, que permiten a cada uno modelar su propia narración alrededor de una situación casi abstracta que envuelve con su aliento malsano a personajes y escenarios.

Sin embargo, William Wilson supone una excepción. Es uno de los relatos de terror más abiertamente narrativos del bardo de Baltimore, tal vez porque su esqueleto dramático ya viene heredado por el propio mito que aborda: el doble, de E.T.A. Hoffmann a Robert L. Stevenson. De ese modo es relativamente sencillo realizar una adaptación más o menos fiel al texto, como hizo Louis Malle en su versión del cuento para Histoires extraordinaires (1968, donde compartía honores con el excepcional Toby Dammit de Fellini). Pero el trabajo del francés fue, la verdad, esmerado pero poco brillante: a Poe no le sienta bien la fidelidad.

William Wilson

Hasta que, a finales de los 90, Jorge Dayas decide realizar una animación del cuento en 10 concentrados minutos, y para ello adopta la mejor opción: es básicamente fiel a la trama, narrada por una voz en off contenida pero densa, pero trama y voz avanzan a golpes de intensidad, con la urgencia de quien debe relatar rápidamente una vida entera antes de enfrentarse a una muerte horrorosa. Y esa intensidad dramática se corresponde con una articulación visual en la que toda esa vida queda sublimada, transformada en un encadenamiento de momentos álgidos, impregnados de apuntes malignos:

El reverendo presentado en contraluz, cuya figura más bien asemeja un vigilante del infierno; la calavera que cae desde lo alto de la iglesia y se hace trizas; el carnaval romano, en el que los personajes no son sino máscaras mortuorias; el plano mudo, nuevamente en contraluz, en el que el doble simplemente permanece impávido ante la provocación del protagonista, como si fuera inútil toda resistencia… Todo ello a partir de trazos y fondos sencillos, en absoluto barrocos, que cobran vida (y muerte) gracias a una luz tenebrista, como un relato irreal de negro y color.

Hay algo más. Si algo puede reprocharse al cuento de Poe es que su lectura del «Doppelgänger» es demasiado unívoca: su doble es una representación algo rígida del cargo de conciencia, del complejo de culpa. El William Wilson de Dayas admite esa lectura, pero también otras con mayor capacidad evocadora: puede que su Wilson sea la conciencia, puede que represente el desdoblamiento de un hombre que busca su autodestrucción… Pero, sobre todo, este Wilson es una burla de los dioses. El protagonista es un antihéroe realmente romántico, pues pretende enfrentarse a la vez al cielo y al infierno. Y aunque es cierto que es cruel, ruin y despreciable, Dios y el Diablo le superan con creces.

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