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Los seis grados de libertad

 

El circuito de festivales a veces es caprichoso. Es capaz de generar inercias que terminan por encumbrar a algunas obras y a algunos cineastas al mismo tiempo que sume en el olvido a piezas que merecerían tener mejor fortuna y reconocimiento. Es parte de ese juego que supone participar en esta dinámica y aunque en general podemos reconocer que casi todos los cortometrajes gozan de su oportunidad y más o menos terminan por encontrar un camino (no siempre el esperado o el deseado por sus autores), también hay que reconocer que ante la inmensa avalancha de producciones que se generan en el mundo, no son pocos los trabajos que lamentablemente no obtienen la justicia que se merecen.

Todo esto viene a colación del cortometraje que hoy traemos a nuestras páginas; una obra que lleva varios meses tratando de hacerse un hueco, pero que por el momento apenas ha logrado llamar la atención del FICUNAM, festival internacional de cortometrajes que organiza la Universidad Nacional Autónoma de México, uno de los festivales de referencia del país, que se caracteriza por buscar propuestas independientes y siempre atentos a la novedad y la personalidad de los cineastas. La falta de suerte en otros certámenes sin embargo se vio también algo mitigada por la Mención Especial del Jurado en la cita mexicana.

En esencia, Los seis grados de libertad es el primer cortometraje dirigido por el salmantino Sergio H. Martín, quien había codirigido el documental para web Amb títol, junto a Neus Ballús, y también había participado en otros films, como La substància (Luis Galter, 2016) o Alcaldessa (Pau Faus, 2016). El corto se enmarca dentro de ese subgénero de documental deportivo en el que domina el tono observacional en el que se pueden tan bien catalogar Las fuerzas (Paola Buontempo. Argentina, 2o18), Más que plata (Carlos Agulló, España, 2018) e incluso, aunque desde otra óptica, el excelente Hopptornet (Maximilien Van Aertryck, Axel Danielson. Suecia, 2016). Y se acerca a los planteamientos de otros grandes ejemplos de cine deportivo, como Magnesium (Sam de Jong. Países Bajos, 2012) o el reciente She Runs (Qiu Yang. China, Francia, 2019). Un punto de vista y las intenciones también lo comparten algunos films que retratan el mundo de la danza.

Martín centra fundamentalmente su mirada en un personaje, la nadadora olímpica África Moreno, y reduce todo el espacio de ese retrato al microcosmos de la piscina donde entrena, con un leve y cerradísimo momento en que tiene una sesión de fisioterapia. Este espacio único sirve al director para reflejar cómo en la competición élite la vida al margen del deporte, del entrenamiento, del propio cuerpo, no existe nada. Más allá de la lucha contra los límites del cuerpo o y contra el reloj, parece decirnos este corto que el deporte profesional es una búsqueda de la perfección en el gesto y del reto psicológico ante la enorme renuncia que exige. Una dedicación exclusiva y un castigo corporal que se convierte en el precio a pagar para estar en esa élite.

He repetido varias veces la palabra cuerpo de manera consciente, pues mas allá del agua, las arengas del entrenador y la propia nadadora, el verdadero protagonista de las imágenes de Los seis grados de libertad es el cuerpo. Un cuerpo sometido al máximo esfuerzo en una dedicación que ha dejado de ser algo lúdico (e incluso realmente saludable). Todo está encaminado a la abstracción, a la pérdida de significado, a meros aspectos estéticos y formales: el movimiento más efectivo, la postura correcta, el menor tiempo… Todo es tratado de una manera casi industrial, mecánica, con la tecnología en primer término para ayudar a alcanzar los objetivos más eficazmente.

Pero más que componer una elegía al sacrificio y al esfuerzo, el resultado que desaloja el corto se refiere más a la soledad, a la disolución de la identidad, al anonimato… Porque nos quedamos con el retrato en primer plano de África Moreno, pero al final no sabemos nada de ella. Y mucho menos de los demás compañeros, metidos en una lucha tenaz en recorrer un espacio en menos tiempo. Al final, como sucede con las palabras que se repiten demasiadas veces, todo pierde el sentido y discretamente aflora el absurdo que hay detrás de todo ello.

Sergio Martín busca con Los seis grados de libertad atrapar esa abstracción que hay detrás de la historia que nos relata, prescindiendo en todo lo que puede de transmitir contenido e información, y dejando que sea el movimiento y la tensión lo que den forma a su obra, pues son estos dos elementos los que más le interesan en un film que a pesar de todo, no termina por incurrir en el minimalismo (una opción evidente), sino que opta por una constricción atmosférica y emocional más que suficiente para contar muchas cosas.

 

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